En el documental “La camioneta: El viaje de un bus escolar estadounidense” del director Mark Kendall se cuenta de forma amena y divertida, la travesía de los buses escolares que ya han salido de circulación y luego compran empresarios para traerlos a Guatemala y convertirlos en buses extraurbanos; Transformación que va desde cortar el bus, cambiarles el motor y la caja por un Caterpillar de tráiler, bajarlos de atrás y pintarlos de colores vistosos; no faltando las pantallas led interiores, bocinas y tomacorrientes entre asientos para cargar teléfonos.
Algún gringo curioso les puso el mote de “chicken bus” y se han vuelto parte de la experiencia extrema que buscan turistas al venir al país, subiendo a sus redes sociales videos donde van amontonados en el clásico “donde caben dos caben tres”, ayudantes abusivos que pasan sobre los asientos para cobrar pasaje, o aparecen de repente como monos por alguna de las ventanas mientras el bus va a toda velocidad rebasando en curva.
En lo que va del año se han suscitado varios accidentes viales, provocados en su mayoría por buses extraurbanos y su imprudencia temeraria que pone de manifiesto un problema grave que debe enfrentarse cuanto antes.
La mayoría de accidentes viales en los que está involucrado un bus extraurbano ha tenido como detalle particular que los pilotos son jóvenes que no sobrepasan los 25 años y que por supuesto, no cuentan con una licencia tipo “A” o profesional (a veces ni tienen licencia) y como corolario van manejando ebrios, como fue el caso del horrible accidente cerca de la rotonda de tribunales de Quetzaltenango en la que el bus se cruzó al otro carril saltando el bordillo y aplastando un pickup con una familia completa de la cual solo sobrevivieron dos personas y en el que la madre relató que los demás miembros de su familia fallecieron porque el bus intentó hacer maniobras después del choque, lo que provocó el desenlace fatal.
Provial y las pmt han probado ser insuficientes para mantener a raya a estos forajidos del volante que no respetan la más mínima señal de transito ni mucho menos a los usuarios, que van encomendándose a Dios, pidiendo llegar sanos y salvos a su destino -y si para colmo- algún usuario reclama, lo bajan inmediatamente del bus con algunas mentadas de madre adicionales.
La ley de tránsito se emitió en el año noventa y seis y aunque con algunas reformas, sigue siendo desactualizada, pues el tránsito ha cambiado mucho, empezando porque salir ahora a las calles y carreteras se ha vuelto una jungla en la que aparecen motoristas por todos lados, grandes embotellamientos y los referidos buses en su desesperación por pasar se cruzan contra la vía, montándose en bordillos y cuanto obstáculo se les ponga en frente no importándoles la vida de los demás, lo que implica una urgente actualización de la ley con sanciones más severas, como la suspensión definitiva de la licencia de conducir, pero además la aprobación del seguro obligatorio de daños a terceros, que por obvias razones se han negado a adquirir los transportistas.
Por supuesto que el tema del transporte pesado demanda una urgente reingeniería que implicaría otras medidas, pero darle una licencia a alguien que maneje transporte pesado, debe requerir aparte de los exámenes teóricos y prácticos, los psicológicos. La culpa no es toda de los transportistas, sino del Estado que es flojo en la aplicación de la justicia y no garantiza a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral como reza la Constitución.

